LEÓN, Gto.- Hay historias que no aparecen en las lápidas y recuerdos que permanecen mucho después de que las familias abandonan el cementerio. En el Panteón San Nicolás, Juan Carlos Rentería Mendoza ha conocido algunas de ellas durante más de dos décadas de trabajo, primero como sepulturero y actualmente como analista técnico.
Su jornada transcurre entre sepulturas, exhumaciones, mantenimiento de pasillos y servicios funerarios. Desde su incorporación al personal del cementerio, en mayo de 2001, ha acompañado de cerca una parte de la vida de las familias que llegan a despedir a sus seres queridos, pero también ha observado lo que sucede con las tumbas cuando pasan los años y las visitas dejan de llegar.
Con los años, la frecuencia de estos servicios modificó su manera de enfrentar las despedidas.
Foto: Ana Ortigoza.
Su entrada a este oficio ocurrió casi por casualidad. Antes trabajaba en la elaboración de bolsas para dama y buscaba una oportunidad laboral cuando un conocido le comentó que podía acudir a Presidencia Municipal para preguntar por alguna vacante. Así llegó al área de Panteones.
Tenía alrededor de 31 años y nunca había imaginado que terminaría trabajando entre sepulturas. Apenas tres días después de incorporarse, comenzó a participar en la entrega de restos.
“Cuando llegué a Panteones, a los tres días luego me pusieron a entregar restos”, recuerda.
Lo que encontró fue un trabajo muy distinto al que había realizado hasta entonces: sacar ataúdes, entregar restos, preparar sepulturas y permanecer frente a familias que atravesaban uno de los momentos más difíciles de sus vidas.
Aprender a convivir con el duelo
Al principio, presenciar los sepelios le provocaba tristeza. Las familias reunidas alrededor de un ataúd, la música y el llanto eran escenas que le resultaban difíciles de asimilar.
“Al principio, pues sí me pegaba sentimiento”, cuenta.
Con los años, la frecuencia de estos servicios modificó su manera de enfrentar las despedidas. Aprendió a cumplir con sus responsabilidades y a mantener cierta distancia del dolor de los familiares, aunque hay situaciones que todavía lo conmueven.
Una de ellas es la muerte de niñas y niños, particularmente cuando pierden a su madre a temprana edad. La experiencia tiene un significado personal para él, pues una de sus hermanas falleció y dejó hijos pequeños.
“Lo que me conduele son como los angelitos”, explica.
Su trabajo también ha cambiado la manera en que piensa sobre su propia vida. La convivencia cotidiana con la muerte y las enfermedades que llevan a las personas al cementerio le recuerda que nadie conoce cuándo llegará su momento.
El día que un bebé lloró antes de ser sepultado
Entre las historias que conserva de su trayectoria en San Nicolás hay una que destaca por lo inesperado de su desenlace inicial.
En 2004, un recién nacido fue llevado al cementerio después de que, según el relato que recibió el personal, había sido declarado muerto en un hospital. La familia llegó acompañada de una funeraria y el servicio estaba preparado para realizar la sepultura.
Sin embargo, cuando se disponían a bajar el ataúd, el bebé comenzó a llorar. Sus familiares lo sacaron y salieron del panteón para trasladarlo nuevamente a una clínica.
“Cuando iban a sepultarlo, a bajar la caja al piso, despertó, lloró”, relata Juan Carlos.
El trabajador aclara que no presenció directamente el momento, pues se encontraba en el comedor cuando ocurrió. Fue uno de sus compañeros quien les contó lo sucedido. De acuerdo con la historia que recuerda, el pequeño permaneció con vida durante tres días, pero después falleció.
La experiencia quedó en la memoria de quienes trabajaban en el cementerio y forma parte de los relatos que todavía se recuerdan entre sus pasillos.
Las tumbas que ya no reciben visitas
En el Panteón San Nicolás, el Día de Muertos representa una temporada de movimiento: las familias regresan para limpiar las sepulturas, colocar flores y recordar a quienes ya no están. Pero no todos los espacios reciben visitantes.
Juan Carlos ha observado que numerosas tumbas permanecen sin flores ni veladoras.
Foto: Ana Ortigoza.
Juan Carlos ha observado que numerosas tumbas permanecen sin flores ni veladoras, especialmente aquellas que tienen varias décadas de antigüedad y cuyos familiares ya no viven o dejaron de acudir.
De acuerdo con su estimación, alrededor de un 30 por ciento de las tumbas de algunas zonas puede quedarse sin visitas durante estas fechas.
Hay sepulturas con 60, 70, 80 o hasta 90 años de antigüedad. En algunos casos, las familias que las visitaban también han fallecido y ya no queda alguien que se encargue de mantenerlas.
Ante este panorama, el trabajador procura colocar pequeñas macetas de cempasúchil en algunas tumbas que encuentra solas cuando llegan las flores para la temporada.
“Yo les pongo una macetita a cada tumba”, explica.
Es un gesto que forma parte de su rutina y que busca evitar que esos espacios luzcan completamente abandonados. Para él, incluso una flor puede representar una forma de acompañar a quienes ya no reciben visitas.
Objetos, creencias y relatos entre los pasillos
El trabajo en el cementerio también implica encontrarse con objetos que algunas personas dejan como parte de prácticas relacionadas con la brujería o las limpias.
Durante las exhumaciones, Juan Carlos asegura haber encontrado figuras de cera con hilos y alfileres, algunas enterradas en pequeños espacios de tierra. También menciona bolsas con restos de animales, frascos con alcohol y fotografías.
Cuando encuentra estos elementos, procura retirarlos del lugar. Las figuras de cera, explica, suele quemarlas, mientras que otros objetos son desechados para evitar que permanezcan entre las sepulturas.
Ha escuchado relatos de guardias que aseguran haber oído lamentos o llantos durante la madrugada.
Foto: Ana Ortigoza.
Aunque reconoce que estas prácticas forman parte de situaciones que se presentan en los cementerios, asegura que no le provocan miedo.
“Hasta la fecha nunca me ha dado miedo agarrar una brujería”, afirma.
Distinta es su postura frente a las historias sobre supuestos fenómenos sobrenaturales. Ha escuchado relatos de guardias que aseguran haber oído lamentos o llantos durante la madrugada, como si se desarrollara un sepelio dentro de alguna tumba. Sin embargo, Juan Carlos señala que no ha experimentado personalmente situaciones de esa naturaleza.
Su horario habitual termina antes de que llegue la noche. Generalmente se presenta desde las nueve de la mañana para revisar los pasillos y verificar que todo se encuentre en orden antes de la apertura del cementerio.
Un oficio que también guarda recuerdos personales
La relación de Juan Carlos con San Nicolás no comenzó únicamente por motivos laborales. Antes de incorporarse al personal, dos de sus sobrinos ya habían sido sepultados ahí. Uno de ellos falleció apenas unos días antes de que él comenzara a trabajar en el cementerio, en mayo de 2001.
Con el paso del tiempo, también perdió a otros familiares. Por eso, cuando visita sus tumbas, no lo hace como parte de sus obligaciones, sino desde el lugar de quien también ha tenido que despedir a personas cercanas.
Procura limpiar sus espacios, colocar flores y regar las plantas. Son pequeñas acciones que le permiten mantener una relación con quienes descansan en el mismo lugar donde transcurre buena parte de su vida laboral.
Actualmente, además de las labores relacionadas con las inhumaciones y exhumaciones, participa en el mantenimiento del cementerio. Hay jornadas con cuatro o cinco servicios, pero también días en los que el número puede aumentar hasta 10 o 14.

